Hay que escalarse desde las rodillas y mecerse como la última gota de piel sobre la cabeza evaporada. Recordar que al rededor de la mirada no se puede hurgar en ningún sentido. Tu vida no es más que un ramaje de huesos despeinados. Cualquier sonido que emitas se convertirá en astilla, y la astilla se encorvará como la memoria en un búsqueda de un instante límpido. No pretendas levitar cerca tuyo porque el maremoto de suspiros nasales te arrastrará al subsuelo. Estáte atento, muy atento, para prevenirte de caer en ondas, como danzando por la gravedad. Es mejor hundirse erecto, como un mísero escarbadientes que sólo existe para dar un orificio al suelo. A penas abras los ojos el mundo será triángulo puntiagudo, y se doblará hacia vos para escarbar en tus pupilas todo halo de gratitud. Cuando quedes vaciado de curiosidad, tus pies van a diluirse como polvillo por el aburrimiento de estar hincados siempre en el mismo lugar. Tampoco pretendas construir con tu respiración capas de aire congelado para esconderte del invierto como dentro de un iglú. Todo momento se disfrazará de primavera, y tus venas, como el pelaje de un erizo, emergerán hacia la realidad desgarrándote la piel. Cuando quieras descansar, los poros serán embudo, y el rocío húmedo ahogará el intento de continuar. La saliva se condensará debajo de tu lengua como en piedras de sal. Y cada palabra que pronuncies va a secarte hasta petrificar tu boca, tu cuello y hacia abajo el cuerpo entero. En medio de la ciudad sólo serás la efigie en donde se posan en la noche los cuervos a granzar. El toldo que reúne a los lingeras a decidir quién hará de tu sombra la limosna del día.
Recordándote tu inmensa inutilidad.
"El nudo"
Valentina Nicanoff.